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Las Crónicas del Viajero IV - N. El Implicito

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En esta oportunidad les hablaré de una de las características más sobresalientes de Nostradamus, y que se ha vuelto necesario comentar. Me refiero a lo que yo denomino como “implicidad”.

La palabra implícito viene del latín implicitus, con prefijo in- (en el interior, hacia el interior), y la raíz del verbo plicare (plegar, trenzar), que al igual que plectere, plexum (plegar, trenzar) se deriva de una raíz indoeuropea *plek-. Implícito es lo plegado hacia adentro, lo que "está en los pliegues interiores" y por tanto se supone sin decirlo o manifestarlo claramente.

Efectivamente Nostradamus construye casi toda su obra desde esa perspectiva. Otra manera coloquial de conceptualizar o entender la “implicidad” sería decir “lo aparente no es real”. Ya que la utilización de esta “implicidad” es lo que causa que la mayoría perciba su obra como oscura, ambigua y hasta multiinterpretativa. Y que los “más entendidos” la oscurezcan más con intrincados laberintos astrológicos, astronómicos y hasta apocalípticos. La “implicidad” de Nostradamus además le permite burlar de manera astuta la lectura inquisidora de los círculos de poder sean estos religiosos o políticos. Esa es la magia.

Esta “magia” permite a menudo a Nostradamus hacer subyacer una imagen dentro de otra. Si lo comparamos con la poesía, un verso nostradámico vendría a suponer una metáfora. La metáfora poética contiene imágenes, así también el verso nostradámico, pero las imágenes de la metáfora son ambiguas desde el punto de vista cognitivo (intelecto). Más bien, la metáfora poética pertenece al mundo de la intuición. Y la metáfora nostradámica, en tal sentido, al mundo cognitivo.

Cuando digo que las imágenes en la metáfora son ambiguas, me refiero a que las metáforas tienen un espectro alto de posibilidades de interpretación. Una misma metáfora incluso dentro de contextos distintos (poemas distintos o versos distintos) se interpreta de manera distinta. Muchos estudiosos de la poesía en particular y del arte en general, cometen ese error. Abordar cognitivamente algo que es intuitivo. Lo más próximo a esa idea sería intentar intelectualizar el amor.

El verso nostradámico, pese a estar inserto en una estructura poética no luce como una metáfora. Es en sí mismo, un verso cognitivo. (No me referiré a por qué Nostradamus utiliza la poesía como estructura básica para desplegar sus visiones dado que ya lo expliqué en Las Crónicas del viajero I).

El verso nostradámico al no ser una metáfora, entonces, no tiene dobleces o ambigüedades interpretativas. Nostradamus lo plantea en su carta a Enrique II. Veamos:

“Pero el peligro de los tiempos, OH Rey más sereno, requería que tales secretos no debían ser expuestos excepto en oraciones enigmáticas, teniendo sin embargo, sólo un razonamiento y sentido, y nada ambiguo o anfibológico insertado.”.

La anfibología es el empleo de frases o palabras con más de una interpretación. También se la llama disemia (dos significados) o polisemia (varios significados. Es decir, recalca que dentro de cada cuarteta sólo existe una línea interpretativa. Y tienen un único razonamiento).

De esto se desprenden muchas cosas: por ejemplo que no hace falta la utilización de anagramas como se ha hecho creer por generaciones.

Ahora bien, un verso nostradámico al decir que tiene un sentido y un razonamiento, es obvio que lo primero que uno esperaría sería un verso abordable intelectualmente, entendible, sin embargo, no es así. Y no lo es justamente por dos motivos esenciales:

1) La lectura inquisidora o persecutoria que podría acarrearle serios problemas.

2) Los contenidos temáticos de sus visiones que están más allá de la comprensión de su época y posteriores y cuando señalo “comprensión” me refiero a utilización. Por ello su canto de advertencia en la cuarteta C de la VI Centuria.

Por este motivo debe ocultar el único sentido y el único razonamiento. Y que la única estructura que le sirva sea la “implicidad”.

Ahora bien, esa implicidad finalmente crea “dos imágenes” en un verso: Una explícita (aparente) y otra implícita (real).

Cada palabra o concepto tiene un origen etimológico puntual, exacto, un único sentido. Independiente del uso que nosotros, sea la cultura que sea y a través de las épocas, le demos.

Así cuando referimos el concepto “tesoro”, por ejemplo de inmediato pensamos es un cofre con joyas, alhajas, oro etc. Sin embargo su etimología define más bien una suerte de arco o recinto donde se guardan o almacenan objetos de valor. Nostradamus sabe que cada palabra tiene una raíz etimológica (razonamiento) y un aspecto semántico (sentido) y ello nos da una única interpretación.

Lo que cruza cada cultura, cada civilización, cada uso del habla, cada época, es el origen de las palabras, su sentido. El verdadero lenguaje.

Por eso en la obra nostradámica no hay matemáticas ocultas ni códigos secretos, ni formulas escondidas ni ninguna otra magia que el lenguaje mismo. Todo eso es oscurantismo.

Y quizás lo más sorprendente es que Nostradamus además de esa “implicidad” establece títulos o temas en cada cuarteta, pese a que lo único que vemos es un número romano designando o identificando cada cuarteta. Pero, ¿cuáles son esos temas o títulos que uno no ve? La respuesta se las daré en el próximo capítulo.

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